martes, 23 de febrero de 2016

TODAS LAS HAMBURGUESAS DEL MUNDO




                                   TODAS LAS HAMBURGUESAS DEL MUNDO





El diablo acababa de soplar un diente de león cuando Jeremíah Nolt lo encontró, -¿qué, acaso yo no puedo pedir un deseo?- dijo con su mirada perdida en el vacío.

Jeremíah sacó un paquete de cigarrillos y se lo acercó, convidándolo – agarrá tranquilo- le dijo- tengo cien, mil, un millón, todos los cigarrillos del mundo son míos, todos los autos, todas las hamburguesas de todos los Mc Donalds de todo el maldito mundo son míos porque ya nadie existe, porque el único ser humano con vida sobre éste planeta soy yo-.

-Hermoso día- dijo el demonio mientras tomaba un cigarrillo del paquete que Jeremíah le había ofrecido.

-No me parece tan así- respondió Jeremíah

-¿Por qué no?, hay sol. Los árboles ofrecen su sombra. El agua su frescura-

-Y no hay una sola persona viva-

-¿Cómo no, y vos, qué sos, un cactus?-

-No seas cínico, ¿querés?-

El diablo no respondió.

-A buena hora aparecés- continuó Jeremíah

-Qué- replicó el rojo – ¿habría cambiado algo si nos hubiésemos encontrado hace veinte años?-

-A ciencia cierta…-

-Ni a ciencia cierta ni incierta- interrumpió Satán

-Vos me engañaste-

-Yo no te engañé, perdonáme. En todo caso, te mal interpreté y, a fin de cuentas, vos te viste bastante beneficiado por ese error del que me hago cargo-

-Un tipo como vos no se puede equivocar inocentemente-

-Ay, ¿qué, ahora los únicos que tienen el privilegio de la equivocación son los humanos? Que yo sepa, la mayor parte de sus vidas se la pasan sosteniendo que no se equivocan-

-Me refiero a lo de inocente-

El diablo llevó su dedo índice a la barbilla de Jeremíah y amagó como para hacerle cosquillas debajo de ella – ¡ay, cuchi, cuchi, cuchi, qué inocente mi bebé!!!-

Jeremíah apartó la mano del demonio bruscamente diciendo–salí, idiota-, haciéndolo encolerizar.

-Mirá, estúpido- dijo Belcebú amenazante.

-¿Qué?- respondió Jeremíah -¿me vas a matar?, dale, hacéme ese favor, matáme. Noooo, claro, el señor no hace favores, él solo hace cumplir contratos y el contrato que yo firmé era para permanecer en la eternidad –Jeremíah buscó a su alrededor hasta dar con un libro, el que colocó, con ambas manos, ante el rostro de Mefisto –pero ésta eternidad era la que yo quería, idiota, la de que la gente me recordara por haber escrito grandes obras, no la de permanecer vivo, inclusive, hasta hoy, que la humanidad ya no existe-

-¿Cómo que no existe?- dijo Mefistófeles- en éste momento estoy hablando con la humanidad. La humanidad sos vos, mi querido-

-Pero, ¿para qué quiero estar vivo si no hay nadie en éste mundo para…-

-¿Para leer tus textos? -interrumpió Satán -¿esa porquería que vos pretendés rotular como literatura? No, mi amor. Ni yo hubiera podido hacer que lo que vos escribís se leyera. Vos no necesitabas un pacto con migo, vos necesitabas darte cuenta que te tenías que dedicar a otra cosa pero, bueno, acá están vos y tus libros. Podés seguir sintiendo orgullo de vos, leyéndote y adorándote eternamente. ¿No era esa la eternidad con la que soñabas?-

El diablo se fue caminando tranquilo por la ciudad desierta. De vez en cuando apuntaba con su dedo índice y un edificio se derrumbaba.

Jeremíah buscó frenéticamente una armería hasta encontrarla. Entró. Eligió un revólver y le puso balas. Todas las armas del mundo eran suyas.

El diablo escuchó un disparo, luego otro y otro hasta que hubo un silencio. –Debe estar recargando- se dijo. Otro estampido retumbó en la ciudad vacía. El diablo sonrió.

viernes, 12 de febrero de 2016

LA RENGUERA

LA RENGUERA 

No sé cuánto hace que bebo. Tampoco sé por qué lo hago. 
Calculo que fue por la pérdida de un amor, por mis constantes fracasos o, simplemente, porque me gusta el vino. 
Lo cierto es que, desde que me atropelló aquel auto destrozando mi pierna, mis vecinos ya no me miran con los mismos ojos. 
Ahora, cada vez que me cruzan por la calle, ellos murmuran -pobre Juan, esa pierna no lo deja estar en pie, ¡cómo debe sufrir cuando camina!!, ¿qué habrá hecho de malo para que la vida lo lleve tambaleándose de un lado al otro?-
Yo los dejo que digan lo que quieran. Mi borrachera y yo llegamos tranquilos hasta casa. voy hasta el baño, vomito , me tiro al sillón y duermo hasta el otro día.

jueves, 11 de febrero de 2016

TEMPORADA DE CUENTOS


                                      TEMPORADA DE CUENTOS

El viejo era un libro de cuentos con las páginas resecas. Cada pliego de su piel parecía tener un señalador donde  se escondía una nueva aventura.
Alrededor de él, los niños eran frutas de colores dándole el toque de gracia al más exquisito de los postres.
-Dicen que una vez cada determinada cantidad de años, la noche bosteza sus musas. Dicen que, enterados de ello, hay quienes, hacen un pacto con la luna y, a cambio de sus almas, ella les promete las historias más bellas, los cuentos más extraordinarios, las narraciones más sorprendentes. Dicen también que el Diablo, disgustado puesto que esa velada, ante tan tentadora oferta, no tiene trabajo que hacer, se disfraza del astro y sale a hacer maldades-
-No vayas al bosque ésta noche, le había advertido su abuelo, pero el viejo sabía que no podría evitarlo. Nada podía hacer para que Tomás fuera en busca de ese algo que le diera sabor a su vida.
Noche tras noche, los muchachos del pueblo, se reunían en las afueras del caserío, casi en el linde del bosque y, allí, narraban historias extraordinarias. Historias de duendes, de hadas, de príncipes, de princesas, de animales devoradores de sueños y reyes que se enfrentaban a ellos en pos de defender a los más débiles.
Cuando regresaban a sus hogares, algunos venían temerosos de que algún personaje siniestro de esos relatos apareciera en sus caminos, otros, deseosos de que ello sucediera para así derrotar a ese íncubo y convertirse en héroe. Otros, mirando entre los arbustos en busca del hada que, en un parpadeo, les devorara los corazones-.
El más pequeño de los niños se quedó dormido sobre la alfombra tibia y el viejo lo tomó entre sus brazos. Los otros lo observaban expectantes desde sus diminutas alturas.
-Tomás tan solo caminaba- continúo el viejo – los ojos tristes, las manos en los bolsillos, las piedritas del camino impulsadas cuando los zapatos de Tomás las tocaban con sus puntas. Y no era para menos. Nunca, pero jamás de los jamases, el muchacho había pronunciado palabra en esos encuentros y era, sencillamente, porque no tenía nada que contar.
Crepúsculo tras crepúsculo, Tomás había buscado en sus manos, en las nubes, en el bosque que guardaba en su interior las historias más bellas y extraordinarias que pudieran existir, inútilmente, porque ninguna venía a aplacar su desvelo.
Era por eso que su abuelo estaba seguro que esa noche su nieto saldría a la caza de la presa que lo convirtiera en un ser especial, alguien de quien los demás degustaran y ansiaran el momento de escuchar. Un cuentacuentos.
Y así salió Tomás con, tan solo, su alma en la mano, dispuesta a ofrecérsela a la luna a cambio de esa fábula mágica, pero cuando el viejo se asomó por la ventana de su casa, se dio cuenta que la luna con la que estaba hablando el joven no era la verdadera sino el mismo demonio disfrazado de ella, puesto que su imagen no se reflejaba en el agua del bebedero de los animales.
Trató el anciano de gritarle pero los hechizos del demonio hicieron que su voz se anulara por completo y que, al querer alcanzar a Tomás, sus pasos se hicieran más pesados que de costumbre.
Deambuló horas y horas, el viejo, topándose con búhos, sapos y conejos hasta que, cuando toda esperanza estaba perdida, divisó una figura conocida.
El muchacho estaba tirado en la maleza. Las manos espinadas, la ropa hecha jirones. Las estrellas le danzaban en los ojos, el viejo lloró temiendo lo peor y, apretándolo fuertemente contra su pecho, le suplicó una y otra vez que dijera algo, hasta que el muchacho habló.-
-¿Y qué dijo?- las respiraciones agitadas de los chicos parecían fuelles que hacían que las llamas de la chimenea crepitaran.  

-había una vez- .